No te vayas de Zagreb sin visitar a Drazen Petrovic

Tengo recuerdos borrosos de aquellos partidos de baloncesto de mediados de los ochenta en los que la Cibona de Zagreb, con Dražen Petrović al frente, arrollaba en las canchas de toda Europa. Me acuerdo sobre todo de los enfrentamientos de la copa continental contra el Real Madrid, pues eran los que se podían ver en televisión. Nunca he sido un fanático de ese deporte, pero aquellos partidos no me los perdía; Dražen contra su siguiente equipo: Corbalán, Iturriaga, Biriukov, Fernando Martín… es curioso que tanto Fernando como él terminaran yendo a jugar a la NBA y muriendo después de estampar su coche contra un muro y un camión (Fernando en Madrid, Petrović en Alemania). Rivales hasta la muerte.

Por alguna razón, cuando en 2015 planeamos visitar Zagreb no me acordé de la Cibona ni de Petrović. Llegamos a la ciudad a primera hora de la mañana de un domingo y pudimos aparcar el coche en pleno centro, justo enfrente de la comisaría de policía que hay en el parque dedicado a Strossmayer, uno de los ideólogos del concepto nacional yugoslavo. El lugar forma parte de una sucesión de tres parques separados por dos calles que terminan en la estación central de ferrocarril, por el sur, y el edificio del Tribunal Supremo de Croacia al norte. Al espacio pegado a la estación, dedicado al primer rey croata Tomislav, regresamos por la tarde: los niños jugaron y se refrescaron en la fuente central mientras nosotros reposábamos en un banco dando la espalda al precioso edificio del Art Pavilion.

Zagreb | Art Pavilion

Un lugar tranquilo, ese domingo por la mañana. La jornada se había levantado soleada y los pocos transeúntes presentes en la zona se dirigían, periódico en mano, hacia el mercado de Dolac (el más conocido, situado en el corazón de la ciudad). De camino hacia ese punto vimos un buen número de tranvías azules transitando de aquí para allá. El día iba a ser caluroso, pero a aquellas horas todavía se estaba bastante bien.

Zagreb | Mercado

Sacamos kunas de un cajero automático, compramos uvas en el mercado atestado de avispas (muy típico en centroeuropa) y una tarjeta de datos para el teléfono en un quiosco y dedicamos el resto de la mañana a visitar la ciudad. La catedral gótica que es además el edificio más alto del país, el Parlamento y la impresionante iglesia de San Marcos en Gradec, la puerta de entrada a la ciudad que a la vez es calle y templo (Kamenita Vrata), las calles, callejuelas y escaleras empinadas. Tuvimos la suerte de poder disfrutar de una actuación en plena calle del coro Kud Valentinovo Dubrava Zagreb. Todo nos parecía bonito, pero a medida que el sol se iba colocando en el medio de la escena se hacía más difícil continuar caminando. Al mediodía ya estábamos agotados, así que después de comer en un restaurante de la zona decidimos retirarnos un rato a descansar al minúsculo apartamento que habíamos alquilado (Studio Ravlić) en el número 38 de la calle Gundulićeva.

Zagreb | Kuna

Zagreb | Coro Kud Valentinovo Dubrava Zagreb

Por la tarde, después de un buen rato viendo a los niños en la fuente y cuando el sol ya aflojaba anunciando que no merodearía mucho más por la zona, de repente en mi memoria apareció el nombre de Dražen Petrović. ¿Cómo era posible que no me hubiera acordado de él hasta ese momento? ¿Me iba a ir de Zagreb sin ver el pabellón de la Cibona y la estatua del jugador que sabía que habían colocado allí? Consulté su localización en el mapa con la esperanza de que no estuviera demasiado lejos, y no podía creer que la fortuna me estuviera sonriendo de ese modo: solamente había un par de kilómetros entre el apartamento y la cancha de baloncesto. Dejé a la familia cenando en el estudio y me calcé las zapatillas para aprovechar la oportunidad que se me había presentado de matar dos pájaros de un tiro: salir a correr un rato por la ciudad y rememorar aquellos partidos de baloncesto que había visto veinte años antes.

Zagreb | Cibona

El pabellón de la Cibona me pareció extremadamente pequeño y destartalado. Era exactamente como debía ser en 1985, solo que con un par de décadas más de desgaste en las paredes, en las puertas, en las ventanas… y tenía precisamente el aire decadente que me hacía falta ver en ese momento. Era 2015, pero yo estaba de repente en la Yugoslavia de la Cibona, de la Jugoplastika y del Partizan. Dražen, en cambio, me pareció enorme y no solo porque el bronce mida cuatro metros de altura. Lo contemplé unos minutos y después me alejé corriendo del lugar porque era hora de regresar con mi familia; a mi espalda, el genio de Šibenik se quedó haciendo el gesto de tirar a canasta. La metió, sin duda.

Zagreb | Drazen Petrovic