Tiempo detenido esperando un café en un monasterio de Macedonia

El monasterio de Свети Јован Бигорски (San Juan Bautista, para entendernos) está a unos 120 quilómetros de Skopje (de donde veníamos) y a unos 90 de Ohrid (adonde íbamos). Hay que adentrase unos 500 metros en un camino a mano izquierda, en subida, que muere un poco más allá del aparcamiento. De ahí, siempre subiendo, se accede facilmente al arco de entrada del monasterio, y de allí al resto del recinto. El lugar es bonito, y el entorno todavía más. Es un monasterio ortodoxo, lo que siempre asegura mucho colorido.

Justo cuando llegábamos acababa de aparcar un autobús y estaban empezando a salir sus ocupantes. Bromas a voces, ruido desmedido, turistas españoles. Sin acritud, pero la ecuación no suele fallar allá donde uno vaya. Nos apresuramos para poder hacer al menos parte de la visita en relativo silencio, lo cual fue un acierto porque como sabrán mis pocos lectores los espacios de culto ortodoxo suelen tener un tamaño más reducido que sus equivalentes católicos. Cuando ellos terminaron de organizarse, de contar sus chascarrillos y de hacer cuatro fotos a las montañas de alrededor, nosotros ya habíamos podido disfrutar de unos minutos contemplando cómo un restaurador devolvía la vida a unos frescos desgastados por el tiempo.

Por aquí y por allá, monjes hacían sus quehaceres. Unos barriendo, otros de un sitio para otro, algunos se metían en la cocina. Como el lugar no es muy grande y queríamos llegar a hora pronta a Ohrid, decidimos que sería suficiente. G fue al baño y los niños y yo nos quedamos a esperarla justo en el patio central del monasterio, viendo como uno de los monjes remojaba el suelo con una manguera. Y entonces ocurrió lo inesperado: otro monje salió del edificio y se dirigió a nosotros:

– Where are you from?
– Barcelona
– Did you like the monastery?
– Oh, yes!
– I would like to invite you to spend some time in our special visitor’s room. Do you want to come with me?
– Sure!

De repente se nos ofrecía una experiencia de esas que no puedes planear y que a veces termina siendo uno de los momentos más recordados de un viaje. Le propuse al monje esperar hasta que G saliera del baño, pero nos hizo entrar y prometió acompañarla él mismo. Nos llevó a la sala de invitados, una bonita habitación con una alfombra en la parte central y un gran escaño pegado a tres de las paredes, grandes ventanas en la parte exterior y muchos cuadros de religiosos en todos los espacios libres.

A, S y yo nos sentamos a esperar a que el hombre regresara junto a G. A poca distancia de nosotros, una pareja de novios hablaba con otro de los monjes mientras los tres tomaban café. Todavía no había pasado un minuto cuando se levantaron, se despidieron, salieron y nos dejaron solos en la sala. Segundos después, apareció G y vino a sentarse con nosotros con cara de interrogación: ¿qué hacemos aquí? El monje, por su parte, desapareció camino a la cocina e interpreté que había ido a buscar algo de café. Y fue entonces cuando el tiempo se detuvo.

En realidad, no se detuvo. Pasaron cinco, diez, veinte minutos… y a cada momento nos íbamos sintiendo más ridículos. El sitio era perfecto, pero no entendíamos qué hacíamos allí. La propuesta de G era razonable: ¿por qué no preguntamos cómo funciona esto exactamente? Pero yo defendía esperar: ya vendrá, le habrá surgido algo. Para colmo, había ido entrando otra gente a la que servían café, por lo que nosotros parecíamos los apestados. Nadie parecía hablar inglés salvo el señor que nos había invitado a entrar, y nuestro nivel de macedonio es inexistente. Había unos libros con fotografías preciosas del monasterio y su entorno en distintas épocas del año, pero ya las habíamos mirado varias veces y la cosa empezaba a cansar.

– Oye, ¿y si nos vamos?
– Bueno, pero yo ya me había hecho a la idea de tomar un café.
– Pues levántate y pídelo. ¿No querías llegar temprano a Ohrid?

Y finalmente, así lo hice. Salí de la habitación, me fui a la cocina que había al lado y le pedí café al hombre que estaba allí lavando cacharros. Okay, dijo. En menos de un cuarto de hora salíamos de allí con la sensación agridulce de no haber sido capaces de disfrutar un buen momento por no llegar a comprender la situación. El café estuvo muy bueno, eso sí.