Postales de viaje

Enviar tarjetas postales (cuando uno va de viaje, o no) no es nuevo. De hecho, es bastante antiguo y mi impresión (sin datos) es que cada vez se hace menos. Según leo en la Wikipedia, la primera de la historia fue enviada por el escritor Theodore Hook en Fulham. Lo hizo en 1840 y el destinatario fue él mismo. Desde entonces y hasta ahora, a saber la de millones de postales que habrán viajado en manos de carteros desde buzones de correo hasta las casas de personas de todo el mundo. Muchos, sin duda.

Postal de Lviv

Pero ahora, cuando estamos de viaje, muchos publicamos fotos en Instagram o las enviamos a los seres queridos a través de Whatsapp o similares, contamos en Twitter o Facebook lo que estamos haciendo y cuando lo estamos haciendo y, en general, los flujos de información tienen una dinámica muy rápida y alejada de los tiempos lentos de una postal: la compras, escribes lo que quieras junto a la dirección del destinatario, compras y pegas un sello, buscas un buzón, la envías y esperas a menudo un montón de días hasta que esa postal es recibida y leída (si llega). Con Whatsapp, dos segundos.

Y sin embargo…

Postal de Úbeda

Y sin embargo, desde hace algún tiempo nosotros hemos vuelto a enviar postales cuando vamos de viaje. La mayoría de ellas nos las enviamos a nosotros mismos y para cuando llegan ya estamos de regreso desde hace días. Pero tienen una magia extraña y cuando llegan ilusionan y devuelven por un momento al lugar desde el que fueron enviadas, al momento en que fueron enviadas y a lo que uno pensaba en el momento en que las escribía. Es un ritual sencillo, quizá desfasado, pero bonito.

Y tu: ¿envías postales cuando viajas?

Enviando una postal desde Carlsbad, California

Postal de Florencia

Postal de Teruel

Postal de la Costa Brava

Postal de Lviv