Amistades que no fueron

Aunque me considero una persona de buen trato, no soy nada sociable. De hecho, soy muy introvertido: en general, me gusta estar solo y no necesito especialmente las interacciones con otras personas. No es que no me guste la gente, es que la soledad es mi estado natural de las cosas y me siento más cómodo en mi burbuja.

Sin embargo, tampoco soy un bicho raro. A veces se presenta la situación de poder conocer y compartir algo de tiempo y espacio con otras personas y la encaro con total disposición. Quizá porque me gusta que me expliquen sus cosas, hacerme una imagen mental de sus vidas, de sus motivaciones… me gusta escuchar procurando no juzgar y aportar mi manera de ver el mundo. Pero eso es solo a veces.

Todo esto lo cuento porque cuando viajo, normalmente, soy más de observar y escuchar que de buscar la interacción. Puedo estar en lugares en los que hay mucha gente, pero mi forma de conocer no es mezclarme con ellos sino observarlos como desde fuera. Puede parecer poco explorador, el arquetipo de viajero es el de alguien que habla con todos, que se abraza con cualquiera, que es el colmo de la extroversión. Pero esa es mi manera de descubrir y supongo que es tan válida como cualquier otra.

Aunque a veces, las cosas van por otro lado. Me ocurrió en Florencia, cuando tuve una agradable conversación con Jayson (sobre todo) y Mae. Necesitaban ayuda y les ayudé, y de ahí la cosa se convirtió en una situación social muy enriquecedora.

Otro ejemplo es de cuando estuve buceando en las aguas del Caribe aprovechando un viaje de trabajo a Cartagena de Indias. Coincidí con una pareja de argentinos que habían contratado al mismo guía para ir a la Isla del Rosario y pasamos el día en común comentando la jugada y hablando de todo un poco. Su vida, la mía, Colombia, etc. Aunque ellos no bucearon, navegamos juntos, comimos juntos y estuvimos un rato juntos en la diminuta playa de la pequeña isla.

Soy incapaz de recordar todos los ejemplos de experiencias sociales fortuítas, pero a botepronto vienen algunas a mi cabeza: el tipo de la cola del baño en una autopista en Utah con el que estuvimos hablando de rutas en coche, el bosnio con un par de cervezas de más que nos hizo de guía turístico improvisado en Sarajevo, un viceministro peruano con el que coincidí en un viaje a Lima, el poeta jubilado que se pasó casi una hora recitándonos versos delante del mar de olivos de Úbeda, un pescador de Dana Point que me explicó su método secreto para ganar los concursos de pesca de la trucha, los padres de una archivera californiana que estuvo viviendo una temporada en Cataluña y a los que conocí en una oficina de correos de Carlsbad cuando estaba esperando para enviar una postal a mi familia… ahora que me he puesto a pensar me doy cuenta de que la lista podría ser muy larga, y eso me sorprende después de haber confesado mi profunda introversión.

Cada una de esas interacciones ha sido muy distinta, pero todas las que he apuntado tienen algo en común: han tenido inicio y final. Es decir, no han continuado más allá. Jayson me pidió que le invitara a conectar en Facebook, pero nunca aceptó la solicitud, los argentinos me dieron una dirección de correo a la que enviar la foto que nos hicimos juntos pero nunca respondieron a mi mensaje y nosotros nunca devolvimos la visita a una familia a la que acogimos en casa usando Couchsurfing. En la mayor parte de los otros casos ni siquiera hubo un atisbo de opción de continuidad.

Con una pareja de argentinos en Cartagena de Indias

Podría explicar otros ejemplos de personas a las que conocí viajando y con las que mantengo cierta relación o incluso amistad, pero ahora quiero centrarme en estas otras. A veces pienso en ello y tengo curiosidad por saber cómo podrían haber seguido las relaciones, qué me habré perdido y, quizá, qué habré podido evitar. Y por un momento siento nostalgia y deseo que hubieran tenido continuidad. ¿Por qué Jayson cambió de idea? ¿Por qué aquella pareja me ignoró cuando les envié la foto? ¿Por qué no seguí con la idea de visitar a aquella familia en su casa? Todas ellas fueron situaciones positivas (me atrevo a decir que para todos), después de todo. ¿Por qué no seguir explorando?

Supongo que es complicado mantener viva la llama que se enciende cuando estás viajando. Nostalgias de un introvertido algo desorientado.